Saludablemente

12, Enero 2021

Psi. Mammoliti: “Tenemos que revisar la voz interna”

Ansiedad, autoexigencia, vínculos y emociones: todo eso nos atraviesa a diario, aunque no siempre sepamos cómo ponerlo en palabras. La psicóloga Marina Mammoliti, conocida en redes como @psi.mammoliti, propone una mirada cercana y realista, sin fórmulas mágicas. En esta nota, nos invita a frenar un poco, escucharnos con más atención y empezar a entender lo que sentimos para vivir y vincularnos de una manera más amable y consciente.

-Si hablamos de ansiedad, ¿sentís que hoy hay más ansiedad que antes o que ahora tenemos más herramientas para hablar de lo que nos pasa?

-Creo que ambas cosas son ciertas. Sí, hay más ansiedad real: los datos lo confirman y la pandemia aceleró algo que ya venía creciendo. Pero también hay más vocabulario, más acceso a información y más legitimidad para nombrar lo que antes se callaba. Muchas personas que decían “estoy nervioso” o “soy así de preocupado”, hoy reconocen que atraviesan ansiedad. Eso es un avance enorme.

También vivimos en un contexto que la potencia: hiperestimulación, exceso de información, comparación permanente, precariedad, vínculos más frágiles y una cultura que exige rendir incluso estando agotados. El sistema nervioso no evolucionó para esto.

Entonces, sí, estamos en una era de ansiedad, con condiciones que favorecen estados de alerta sostenida. A eso se le suma una paradoja: somos la generación más ansiosa y también la que más herramientas tiene para trabajarlo. El problema es que muchas veces llegan como consejos rápidos, tipo “respirá tres veces y listo”, cuando la ansiedad es mucho más compleja. En mi libro, Frená Tu Cabeza propongo dejar de pelear con ella, entender qué viene a decir y actuar en consecuencia.

-Vivimos en una cultura que premia el hacer, la productividad y el estar siempre ocupados. ¿Cómo impacta eso en la salud mental y cómo podemos manejar esa autoexigencia?

-Impacta muchísimo, porque cuando una cultura valora más lo que producís que lo que sos, muchas personas creen que su valor depende del rendimiento. Y eso es peligrosísimo: descansar genera culpa; frenar, angustia y equivocarse se vive como fracaso.

Veo gente agotada intentando demostrar que merece existir. Personas que no descansan porque sienten que siempre deberían estar haciendo algo más. Esa lógica erosiona la autoestima, aumenta la ansiedad y desconecta del disfrute. El filósofo Byung-Chul Han lo llama “sociedad del rendimiento”: una cultura donde el principal enemigo ya no viene de afuera sino de adentro. Ya no hay un jefe que te explota; te explotás vos mismo, y encima lo llamás “motivación”.

Lo vemos en el aumento de la ansiedad crónica, el burnout y la dificultad para descansar sin culpa. El primer paso no es hacer menos, sino preguntarse para qué hacés lo que hacés. Cuando la productividad está al servicio de algo que te importa, energiza. Cuando responde a un estándar externo no cuestionado, te vacía. 

La autoexigencia no es el problema si es equilibrada y persigue nuestros valores. El problema es cuando se vuelve excesiva y se desconecta de ellos. Ahí se convierte en una vara constante que nunca alcanza. Por eso, tenemos que revisar la voz interna: ¿esto que me pido es lo que quiero para mí o responde a mandatos de la época? Y entender que descansar no es perder tiempo, es parte del funcionamiento humano. 

-¿Por qué nos cuesta tanto decir que no? ¿Cuál es el primer paso para empezar a poner límites sin sentir culpa?

Decir que no activa el miedo al rechazo. Somos animales sociales, necesitamos pertenencia para sobrevivir. Evolutivamente, ser expulsado de la manada era una amenaza real, y ese sistema de alarma sigue activo hoy, aunque se juegue en una reunión de trabajo o en un chat familiar. 

Y con la poca educación emocional que tenemos, solemos confundir límite con rechazo, egoísmo o conflicto. Muchas personas fueron educadas para agradar, adaptarse y no incomodar. Por eso decir que no activa el miedo a decepcionar, a perder amor, a ser juzgados.

Pero un “no” sano no destruye vínculos sanos. Lo que los daña es el resentimiento por haber dicho demasiados “sí” que no queríamos decir. También influye una educación afectiva que pone al otro siempre por encima de uno mismo.

El primer paso no es dejar de sentir culpa, sino diferenciarla del malestar. Podés sentir incomodidad o tristeza, y eso no significa que esté mal, sino que estás haciendo algo nuevo. 

La culpa aparece cuando vas en contra de tus valores; el malestar, cuando cambiás un patrón muy arraigado. Entender esa diferencia evita ceder antes de tiempo.

“Prefiero hablar de una vida con sentido antes que de una vida feliz todo el tiempo”

– ¿Qué significa ser responsable afectivamente con uno mismo y con los demás?

-La responsabilidad afectiva no es perfección emocional ni garantizar que nadie sufra. Vincularnos implica riesgo e incomodidad; se trata de evitar el dolor innecesario.

Con los demás, implica entender que nuestras acciones tienen impacto. No es lo mismo ilusionar que ser claro, desaparecer que hablar, dar mensajes ambiguos que ser honesto. Es tratar al otro como alguien que importa. A veces cuidar también es decir con respeto que no queremos seguir.

También supone no hacer al otro responsable de nuestras emociones. Sentir celos, miedo o inseguridad puede pasar, pero no le corresponde al otro resolverlo todo. La madurez vincular aparece cuando me hago cargo de lo que siento y, desde ahí, pedir lo que necesito sin imponerlo. Hacernos cargo de nuestras acciones y su impacto, no de las emociones del otro.

Con uno mismo, la responsabilidad afectiva significa no abandonarte por sostener vínculos. No aceptar migajas por miedo a la soledad, no traicionar tus límites para agradar, no quedarte en lugares confusos esperando que el otro cambie.

Marina Mammoliti, conocida en redes como @psi.mammoliti.

-¿Es posible ser feliz todo el tiempo o la obsesión por la felicidad termina generando más frustración?

-No solo no es posible, tampoco sería humano. La salud emocional no consiste en sentir placer constante, sino en poder sentir toda la gama emocional sin quedar atrapados en ella.

Además, perseguir la felicidad constantemente genera más malestar. “El efecto rebote de la supresión emocional” muestra que cuanto más forzás emociones positivas, más aparecen las que querés evitar.

La obsesión por la felicidad transforma una emoción pasajera en un mandato permanente, y todo mandato genera presión. Si además nos comparamos con versiones editadas en redes, el sufrimiento aumenta.

Prefiero hablar de una vida con sentido antes que de una vida feliz todo el tiempo. Una vida donde haya momentos de alegría, pero también dolor, aburrimiento, duelo, incertidumbre, amor, calma, contradicción. Eso es vivir.

Viktor Frankl decía que la felicidad no se persigue; aparece como consecuencia. Querer estar bien siempre no es salud mental, sino una forma sofisticada de no poder estar con lo que de verdad te pasa.

“La salud emocional no consiste en sentir placer constante, sino en poder sentir toda la gama emocional sin quedar atrapados en ella”

-¿Qué rol ocupa la comunicación en las relaciones?

-La comunicación es central. Muchas relaciones no se rompen por falta de amor, sino por falta de traducción. Hay afecto, pero no lenguaje para expresarlo. Hay necesidad, pero sale como reproche.

Comunicar no es hablar mucho, sino expresar necesidades, frustraciones, límites y deseos de manera clara. Y algo clave: no adivinar también es amor. Nadie puede responder a lo que no fue expresado con claridad.

Lo que no se dice no desaparece. Se acumula, se transforma, eventualmente explota o se convierte en distancia. El investigador John Gottman mostró que el mayor predictor de ruptura no es pelearse, sino el mutismo, la desconexión, cuando alguien deja de intentar comunicarse porque aprendió que no vale la pena.

Si querés profundizar en estos temas, podés conocer más en su sitio web: www.psimammoliti.com 

“La pregunta no es solo qué hacen las redes con nosotros, sino qué hacemos nosotros dentro de ellas”

Compartilo en: