12, Enero 2021
Sebastián Saravia: El malestar de tener que estar bien
En esta entrevista, el psicólogo y psicoanalista Sebastián Saravia (@psicoalpie) habla del individualismo como nuevo mandato, del peso de las redes sociales en la construcción del “yo ideal” y de por qué aprender a habitar lo que sentimos —aunque duela— puede ser el primer paso para empezar a estar mejor.

Aunque hoy se hable cada vez más de salud mental, no siempre se dice lo que importa. El psicólogo Sebastián Saravia analiza cómo la presión por ser felices, productivos y autosuficientes termina generando un padecimiento silencioso, individualista y agotador. Casi sin darnos cuenta, nos convencimos de que tenemos que estar bien. Que hay que ser felices, productivos, fuertes y demostrarlo en todo momento. Pero detrás de esa exigencia se esconde un malestar profundo, que muchas veces se vive en silencio y con culpa.
—Hoy se habla mucho de salud mental, ¿cuál es ese “lado B” del que poco se dice?
—Es cierto, ¡en exceso, te diría! Lacan decía que todo exceso encubre una falta, y esa carencia es la falta de empatía al acercar la información.
Hoy cualquiera puede ver en redes cómo cumple criterios para un determinado desorden o trastorno, y ese es el “lado B”: la banalización de la salud mental. Las personas no asisten a espacios a conversar, desahogarse o revisar cuestiones personales o relacionales; ahora levantan el teléfono, buscan en internet, ven videos virales o le preguntan a una inteligencia artificial.
—Hay una tendencia a sostener que hacer terapia es obligación, ¿por qué?
—Esta pregunta es muy importante porque marca los ideales de la época. Muchas personas, cuando enumeran las características que les interesan de alguien más, agregan “que haga terapia”. La dificultad ahí radica en volver a la terapia un check más en una lista a llenar.
Hoy, los lazos se piensan desde la cuestión protocolar: si cumple con estos estándares o premisas, estoy dispuesto a conocer a esa persona.

“Hoy, por las redes sociales y el bombardeo de mensajes que recibimos, el imperativo es ´sé feliz todo el tiempo y mostralo´”.
—¿Es necesario hacer terapia?
—La terapia no es necesaria para todo el mundo y mucho menos para todos los momentos de la vida. En todo caso, es para algunos momentos y para cuando estemos dispuestos a dudar de nuestras propias certezas, a atravesar lo que sentimos y hacer algo nuevo con nuestro padecimiento. Hay momentos para hacer terapia, lo importante es saber cuándo: cuando la angustia te supera y no podés solo.
—¿Existe una presión social por ser felices todo el tiempo?
—Absolutamente. Antes, la presión era llegar a ser felices; hoy, por las redes sociales y el bombardeo de mensajes que recibimos, el imperativo es “sé feliz todo el tiempo y mostralo”.
Esa presión viene de que la época cambió, ya no hay respeto por el proceso o por el cuidado de la intimidad propia, solo importa el resultado que lográs y lo que posteás. La presión la genera la época, las redes, pero también de alguna forma estamos volviéndonos nuestro propio enemigo: antes lo malo estaba afuera, ahora está en nosotros, por eso nos castigamos mucho cuando no logramos lo que los mensajes actuales dicen.
“Hay momentos para hacer terapia, lo importante es saber cuándo: cuando la angustia te supera y no podés solo”.
—¿También se espera que seamos siempre productivos?
—Hoy, para vivir, se necesita ser productivo. Y, para ser productivos, hay que generar todo el tiempo, lo que vuelve al ser humano un “sujeto de rendimiento” —idea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han—. La necesidad de hacer viene de la demanda insaciable que nos asfixia. Como ningún objeto colma el vacío existencial ni genera la felicidad absoluta, es que se crean y venden nuevos productos. No es el último teléfono, es el nuevo teléfono; no es el último auto, es el nuevo auto, y así todo el tiempo.
El problema es que hay una enorme presión por producir, que responde a una enorme demanda de cosas que no necesitamos.

—¿Es importante tener tiempos muertos en este escenario?
—A los tiempos muertos me gusta llamarlos “tiempos vivos”. Justamente
porque es ahí donde aparece lo más nuestro, lo más real y característico
de nosotros. Es en esos tiempos vivos donde la magia sucede: donde después de trabajar varias horas, una persona puede llegar a su casa, poner música y descansar; otro puede llegar y dedicarse a jugar con sus hijos —para la vida que vivimos, detenerse a jugar es todo un acto revolucionario—.
En los tiempos vivos hay que hacer lo que uno desea, que a veces va en contra de lo que debemos. Es importante hacerse una trinchera, un pequeño espacio personal en medio de una época que nos impone producción constante.
—En esta era de hiperconexión y redes, ¿por qué el individualismo parece estar más presente que nunca?
—En la época de la tecnología en todo, la ilusión de cercanía impera. Estamos conectados, pero no significa que estamos más cerca.
Y ahí, el individualismo mete las narices y puede ser muy dañino porque se comporta como una narrativa que produce dos cosas: ruptura de lazos con otros y cansancio.
Si la tesis principal de este dogma es “no necesitás al otro” o “primero vos”, genera indefectiblemente que creamos, con cierta lógica, que el enemigo siempre es el otro y deja en nosotros la idea de salud y felicidad. Por eso se rompen los lazos con este nuevo paradigma, porque cada vez aceptamos menos al otro como otro, con su extrañeza y alteridad.
Si vivimos quitándonos relaciones de encima, eso lleva un costo: creer que podemos siempre solos. Eso nos deja produciendo constante y repetidamente, lo que produce específicamente cansancio y posterior depresión. El individualismo es, lamentablemente, la nueva promesa de la felicidad.
“El individualismo es, lamentablemente, la nueva promesa de la felicidad”.
—¿Qué pasa cuando no alcanzamos los ideales que se imponen desde afuera?
—Sucede lo que vemos con frecuencia: personas asistiendo a terapia muy enojadas consigo mismas. El individualismo tiene un efecto paradójico: me vuelvo mi propio enemigo. Si otro puede y yo no puedo, significa que hay algo malo en mí; genera personas muy cansadas de intentarlo siempre por la misma vía -la voluntad- y produce mucho malestar.
—¿Qué hábitos cotidianos pueden ayudarnos a transitar el malestar?
—Lo que más sugiero es buscar el hábito que le sirva a cada uno en particular. Trabajar para que aparezca la subjetividad de cada quien, entendiendo un punto fundamental: la vida duele y no podemos hacernos los distraídos. Negar o tapar, solo sirve a los fines de seguir siendo un engranaje aceitado de la máquina productiva de hacer. Cuando lo que sugiero es, cada tanto, frenar, permitirse sentir y entender que todos tenemos derecho a sufrir.
